Dislexia en debate

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Dislexia es el nombre que se emplea con desigual frecuencia en diversos países para clasificar y tratar de comprender un trastorno del aprendizaje que se caracteriza por dificultades en reconocer de forma precisa y/o fluida las palabras escritas, así como por una merma significativa de la capacidad de decodificarlas y deletrearlas. Quienes impulsan la validez de esta forma de considerar estas dificultades atribuyen a las mismas una causa neurobiológica y componentes genéticos que determinarían la presencia del cuadro en nada menos que un improbable 10 por ciento de la población.

Una epidemia

El proyecto de ley que se discute en el Congreso responde a la inquietud que generan los reales problemas y sinsabores que padecen muchos chicos con el aprendizaje de la lectura y la escritura. Dificultades que desde nuestra perspectiva responden a muchos condicionantes, no sólo a un hipotético mal funcionamiento del cerebro infantil. Por ejemplo, es obvio que en los últimos años las condiciones de los aprendizajes han cambiado. Basta tomar nota de la manera en que la cultura ha abarrotado la vida de los chicos de hoy con una saturación de imágenes, muchas veces publicitarias, vía televisión primero y computadoras, tablets y teléfonos celulares más recientemente, que ha dejado, por ejemplo, la lectura de cuentos o la caligrafía en el desván de las prácticas casi olvidadas.

Por otro lado se han sumado a la escolaridad muchos chicos que antes quedaban marginados de las aulas y los maestros se encuentran con una pasividad y heterogeneidad que les trae no pocos dolores de cabeza.

La lectura y la escritura suponen operaciones complejas que implican la puesta en juego de aprendizajes previos e involucran procesos cognitivos que no son sencillos. Todo aprendizaje tiene en cada niño una historia previa de modos y ritmos de incorporar conocimientos. Y el aprendizaje escolar es un efecto de transmisiones que involucran a varios protagonistas: el niño, la escuela, la familia y la sociedad en su conjunto. En ese recorrido, los estados anímicos del niño así como las vivencias previas tienen un lugar importante.

Desde el Forum Infancias pensamos que las dificultades en la lecto-escritura son una resultante situacional que no tienen por qué ser pensadas como un déficit permanente sino como algo temporario, fruto de una situación multidimensional y también de malas experiencias en relación al aprendizaje en general.

Con frecuencia se asume que el diagnóstico de dislexia puede apuntar a una particular forma de intervención, la mejor o la más conveniente para aquellos con esta condición. Idealmente datos de fuente genética neuropsicológica y cognitiva podrían ser usados con el propósito de preparar intervenciones dirigidas a la medida de las fortalezas y debilidades de quien padece dislexia.

Si bien hasta ahora se han planteado circuitos cerebrales diversos como sustrato biológico de las dificultades y se han candidateado varios genes para sustentar una genealogía hereditaria, esto dista de haber sido fehacientemente probado. Los trabajos son confusos y no concluyentes, mezclan poblaciones y no coinciden las definiciones de lo que es dislexia.

Y se confunde el necesario correlato orgánico de todo lo que hacemos (cualquier emoción o aprendizaje asientan en circuitos cerebrales) con causalidad orgánica. Y ahí las investigaciones terminan “flojas de papeles”.

Contrariamente a la creencia de muchos, una vez que la dificultad en la lectura o escritura es identificada, el diagnóstico de dislexia ofrece poco o ningún beneficio para guiar la naturaleza de las intervenciones. En algunos casos (como aquí ocurre) este rótulo más allá de su cuestionable rigor o valor científico podría ser la contraseña necesaria para tener recursos educativos adicionales.

Si bien podemos identificar ciertas áreas del cerebro que pueden estar asociadas con la lectura, estos hallazgos quizás prometedores para el futuro aún no pueden ser utilizados criteriosamente para propósitos diagnósticos.

Como de debates de leyes se trata, copio una información legislativa del Reino Unido. La forma en que el diagnóstico de dislexia pudiera llevar a diferentes formas de intervención fue un tema específicamente explorado por la Cámara de los Comunes del Reino Unido (que es como nuestra Cámara de Diputados) a través de su Comité de Ciencia y Tecnología en el año 2009.

Este comité concluyó que no parecía útil desde un punto de vista educativo diferenciar entre disléxicos y pobres o malos lectores.

Textualmente dice:

“No hay evidencia convincente de que si un chico con dislexia que no es etiquetado como disléxico pero recibe apoyo completo para su dificultad en la lectura que ese niño tendrá una peor evolución que otro chico que pueda ser etiquetado como disléxico y reciba entonces ayuda especial. Esto es así porque las técnicas para enseñar a un niño diagnosticado con dislexia a leer son exactamente las mismas que las técnicas que se utilizan para enseñarle a otro sufrido aprendiz de lector no disléxico. Hay un peligro que se podría promover más adelante al sobreenfatizar sobre la dislexia y es que puede llevar a situaciones desventajosas para otros chicos (no considerados disléxicos) que tienen dificultades profundas para el aprendizaje”. (Julian Elliot y Elena Grigorenko, The Dyslexia Debate)

El panorama al presente no permite aún trasladar el entendimiento que aportan las neurociencias para convertirlo en intervenciones concretas neurocientíficamente basadas y útiles. No hay método que pueda basarse en el cerebro que permita identificar dentro de ese subgrupo pobres lectores a quienes podrían beneficiarse preferencialmente de algún tipo puntual de intervención demostrada. Mientras las neurociencias ofrecen poderosas potenciales contribuciones para un trabajo a futuro con los lectores que presentan dificultades, todavía no se ha constituido una solución al dilema conceptual y de definición alrededor de estos problemas. O a definir cuáles son las mejores intervenciones.

Estamos a años de alcanzar una neurociencia que pueda proponer respuestas o propuestas pedagógicas hechas a la medida de cada individuo y dirigidas a las particulares necesidades de un chico en particular.

Ni qué hablar del costo prácticamente absurdo que representaría hacer estudios sofisticados genéticos de neuroimágenes para todos chicos que pudieran requerir ayuda pedagógica.

En lugar de leyes por patologías deberíamos encarar las problemáticas de la escolarización y su sentido actual, algo que excede ampliamente este tema. Pero que desde el conjunto podría aportar soluciones mucho más integradoras y eficaces.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/ciencia/19-312097-2016-10-19.html

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