Cuando el hijo es el centro de una pareja

De la conversación con el psicoterapeuta español cofundador del Institut Gestalt de Barcelona, Joan Garriga, me quedo con una enseñanza contra la confusión: puedo vivir solo (pero no aislado) y puedo vivir sin pareja (pero no sin amor). Aclarado, doctor. Necesito relaciones significativas y enriquecedoras con otros y con la vida (con o sin pareja).

Sobre estos fundamentos, Garriga tira de su experiencia como psicoterapeuta de familia y de pareja para ayudarte desde Bailando juntos (Destino), libro sobre “la cara oculta del amor en la pareja y en la familia”. En sus páginas brinda “claves para un buen amor, más libre y honesto”. Y recurre a esto de San Agustín para brindarme la clave definitiva: “Ama y haz lo que quieras”. Si amás –empezando por lo que sos–, todo (todo) estará bien, sí o sí.

– ¿Qué aprendió del amor?

– Que el amor en pareja tiene una cara oculta. Un lado que no se ve… y muy condicionante.

– ¿Cuál es la cara oculta?

– Las pautas inconscientes que interiorizaste en tu niñez, de tu relación con tus padres.

– ¿Y afloran en mis relaciones de pareja?

– Afloran y la condicionan… a menos que antes las hayas ventilado con vos mismo, ¡que en eso consiste ser adulto!

– ¿Algún consejo para emparejarse bien?

– Sé adulto. Y establece relación con otro adulto. El buen amor es el baile entre dos adultos.

– ¿Y cómo sé si ya soy o no un adulto?

– No sos adulto si te dirige tu niño tiránico y profético: tiránico por enganchado a escenarios de tu pasado, y profético por tender a reproducir esos escenarios.

Joan Garriga, psicoterapeuta español, cofundador del Institut Gestalt de Barcelona. Foto: La Vanguardia.

Joan Garriga, psicoterapeuta español, cofundador del Institut Gestalt de Barcelona. Foto: La Vanguardia.

– Ponga un ejemplo.

– Esos roles fijos en pareja: vos débil, yo fuerte; vos responsable, yo despistado; vos abierto, yo cerrada… ¡Son muy mala señal! Si asumís eso en pareja es que no te amás a vos mismo.

– ¿No? Y eso es muy frecuente…

– Te amás como adulto si te permitís ser fuerte unas veces y débil otras; y responsable y despistado; y un día alegre y otro triste… Y así, en baile con el otro, tan adulto como vos.

– Subraya la metáfora del baile.

– Porque la mejor pareja es la capaz de bailar todos los pasos, la pareja flexible, donde podés ser quien sos en cada momento.

– ¿Por qué me enamoro, y de qué?

– Hay instinto biológico, intuición de que el otro te dará lo que necesitás: o sufrir, o sentirte importante, o lo que sea…

– ¿Tiene fecha de caducidad, el amor?

– Es imprevisible. Dependerá de que, en el baile, lo negativo no pese más que lo positivo.

– ¿Y cómo sabré eso?

– Tu cuerpo lo sufre: ¡lo sabés! Si te altera que el otro te grite, y el otro te grita cada día…

– A veces te quedás donde sufrís…

– Si el maltrato actual evoca un maltrato de niñez lo asociás al inmenso amor por tus padres, y te decís, claro: “¡ay, pero le quiero tanto…!”. Y lo aguantás todo por no perder eso.

– Y eso es mal amor, ¿no?

– Estás siendo niño, no adulto. Y pecás de arrogancia: creés poder cambiar al otro.

– Y eso es un desvarío, ¿verdad?

– ¡Nadie logra cambiar a nadie! Es al revés: sólo si aceptás al otro como es, podría empezar a transformarse.

– Quizá le pedimos demasiado al otro.

– Mucho, y cuánto más querés que el otro se acerque, más lo alejás, y entonces más deseás que se acerque, y más se aleja, y… ¡Bucle!

– Quizá lo mejor sea estar solo.

– No es obligatoria la pareja. A la mayoría le asusta estar solo y prefiere estar mal acompañado. Lo mejor: ser feliz cada uno consigo mismo y luego compartir dos felicidades.

– O que el otro me haga feliz.

– Nadie puede hacerte feliz. Ni infeliz. Es tu sola responsabilidad. ¡O no amarás bien!

– Deme más claves para amar bien.

– Amar mal: “Sin vos no podría vivir”; amar bien: “Sin vos estaría también bien, elijo estarlo con vos”. Amar mal: “Haceme feliz”; bien: “Siento el deseo espontáneo de que seas feliz”…

– Me parece que pocos aman bien.

– ”Quiero una pareja”: mal. “Quiero prepararme para ser buena pareja un día”: ¡bien! Así seguro que llegará. “Que sea para siempre”: mal; “Que dure lo que dure”: ¡bien!

– Los hijos… ¿minan el amor de pareja?

– Sólo si el hijo se convierte en prioridad.

– ¿Y acaso no debe ser así?

– ¡No! La prioridad debe ser una pareja sólida. Lo sano para el hijo es que él note que ha llegado ¡después! de la pareja. Pero hoy el hijo es ya el centro de la familia: ¡qué desgracia!

– ¿Es eso una desgracia?

– La pareja se descuida de sí misma, y ese hijo necesitará en su futuro seguir siendo el centro en todas sus relaciones. Y eso desgracia su capacidad de amar bien en pareja.

– Bien visto.

– Lo ideal en una pareja es que el hombre se sienta hijo de su padre, y la mujer se sienta hija de su madre. Si ella ha sido hijita de su papá… ¡le costará mucho respetar a un hombre!, porque ninguno valdrá lo que su papá.

– Cuántos hilos invisibles, ¿eh?

– En el amor hay un lado invisible, oscuro, ya se lo dije. Tu trabajo es tomar todo lo que la vida te ha dado, bueno y regular, incluso traumático, y bendecirlo e integrarlo en vos.

– Y luego salir al encuentro de la vida.

– Sócrates decía: “Te emparejes o no, te equivocarás”. Y luego aconsejaba: “Emparéjate: si sale bien, serás feliz; si no, serás filósofo”. Su caso: Jantipa, su esposa, le mortificaba. Es verdad, la pareja es un lugar para crecer.

– ¿Creció usted mucho en sus relaciones de pareja?

– Conocí lo inabarcable de mi idiotez. Me contemplaba en exceso a mí mismo y mi máscara narcisista resultó bastante abollada. ¡Y qué bien que se te abolle el chasis! Porque es así como irás descubriendo la belleza del invariable motor.

Fuente: https://www.clarin.com/relaciones/joan-garriga-hijo-centro-pareja-gran-desgracia-_0_EBDdrBG81.html