Los jóvenes tienen cada vez más dificultades para resolver retos cotidianos
Así surge de un proyecto que releva la salud mental mundial desde hace seis años; la tendencia alcanza a los argentinos
Un relevamiento ambicioso que por sexto año se propone medir nada más ni nada menos que el estado mundial de la salud y el bienestar mental plantea que en los adultos más jóvenes –de 18 a 34 años– hay un “deterioro sostenido” que se traduce en un aumento de las dificultades para afrontar problemas cotidianos en el trabajo, el estudio o la interacción con otros con respecto a la población de 55 años en adelante con mayor resiliencia para el día a día. Y la Argentina no está exenta, mientras aún se mantiene por encima del promedio mundial y con recursos como para revertir esa tendencia.
En la medición, el país aparece en el puesto 34 entre los 84 evaluados durante 2025, de acuerdo con un cuestionario que mide 47 habilidades. Poco más de 1,1 millón de participantes respondieron a la convocatoria a través de redes sociales y plataformas. Más de 23.000 fueron argentinos.
“Hoy, casi la mitad de los jóvenes adultos sufre problemas de salud mental de importancia clínica que afectan sustancialmente su capacidad para desenvolverse de forma productiva en la vida diaria. Esto supone más del cuádruple que sus padres y abuelos. En conjunto, es un patrón de disminución de la salud mental en cada generación más joven”, resumió Tara Thiagarajan, neurocientífica y fundadora de Sapien Labs, en la ciudad de Washington.

Fue al presentar un nuevo informe anual dentro del proyecto “La mente mundial”, una base de datos con información de más de 2,5 millones de participantes en más de un centenar de países y distintos idiomas, pero con una característica excluyente en común: el acceso a internet. Es que la organización diseñó y aplica un índice (Coeficiente de Salud Mental o MHQ, por su nombre en inglés) que se estima a partir de respuestas a un cuestionario online, para lo que es indispensable la conectividad, y la convocatoria es, también, virtual.
Ese índice es un valor dentro de una escala que va de -100 (angustiado) a 200 (prosperando).
El promedio mundial en el MHQ es 66. “Corresponde a individuos que indican poder ser totalmente productivos en su vida el 70% del tiempo o 21 días al mes -explicó el equipo-. Sin embargo, oculta una tendencia subyacente en la que cada generación más joven se encuentra peor.” Por grupos, en todas las regiones, a los mayores de 55 les va mejor que a los de entre 18 y 34.
Para la Argentina, el valor en esa escala de estado de salud mental es 74. “Cae en el segmento que llamamos ‘manejando’ y, en promedio, corresponde a individuos que indican ser totalmente productivos en su vida aproximadamente el 74% del tiempo o unos 22 días al mes”, explicó Silvia Blitzer Golombek, especialista regional de Sapien Labs. Por edades, la capacidad de afrontar retos diarios cae en los más jóvenes con respecto de los mayores.

“No es simplemente una lectura de la depresión o la ansiedad. Y tampoco es una medida de satisfacción con la vida o de felicidad”, aclararon desde la organización sobre lo que describe ese coeficiente. “Es una métrica compuesta que agrega las valoraciones que los encuestados hacen de 47 capacidades y problemas emocionales, sociales y físicos que permiten o disminuyen nuestra habilidad para funcionar efectivamente en la vida diaria –definieron–. Por lo tanto, los cambios en el MHQ no representan una opinión acerca del mundo externo o de asuntos corrientes, sino que reflejan nuestra capacidad mental fundamental. Por eso, es de profunda importancia para nuestra aptitud social. En todo el mundo, la salud de la mente está en crisis.”
De 1.156.207 personas que respondieron a la convocatoria para la edición 2025 del proyecto, finalmente se incluyeron para el análisis a 768.448. Las exclusiones fueron porque no resultó fácil comprender el MHQ, la evaluación se completó en menos de 7 minutos (tiempo mínimo para dar respuestas válidas) o las respuestas incluían el mismo valor seleccionado para todas, un indicio de desinterés para los investigadores, según explicó la vocera para América Latina.
“La salud mental en la Argentina muestra un contraste tanto llamativo como preocupante y posicionó al país en el puesto 34 de 84 países evaluados”, refirió Blitzer.
Participaron 6012 argentinos en el grupo de entre 18 y 34 años y 17.678 en el de más de 55 años.
47 ítems evaluados
La evaluación, que está disponible online acá, demanda 15 minutos y pide calificar del 1 al 9 distintas habilidades, como ser flexible frente a cambios sociales y en la rutina diaria o el entorno, para adoptar nuevas maneras de vivir o trabajar, para valorarse y demostrar confianza y autoestima, para iniciar, perseverar y completar tareas y actividades que requieren esfuerzo, para abordar situaciones con calma y sin emociones descontroladas, para conciliar el sueño, mantenerlo y despertar descansado, para incorporar información y conceptos nuevos y aprender destrezas, para interactuar y establecer lazos emocionales duraderos y significativos con familiares y pares, entre otras más. Son 47 en total.
“Este coeficiente que calculamos cubre dimensiones más amplias de la salud mental que definimos como la capacidad de sortear los retos que nos aparecen a diario y poder funcionar productivamente en la vida. En definitiva, cómo nos adaptarnos a los cambios, regulamos las emociones, interactuamos con los demás, si fijamos metas y las alcanzamos”, dijo Blitzer.
A partir del resultado, los participantes reciben recomendaciones de autocuidado. Esto es, también, porque hay preguntas en el cuestionario que están diseñadas para identificar síntomas clínicos.

“Los más importante que estamos viendo es la brecha entre generaciones. En el mundo, casi la mitad de los adultos jóvenes, de entre 18 y 34, con acceso a internet está sufriendo problemas que afectan su capacidad de desenvolverse diariamente y el deterioro en cada generación es mayor que en la anterior. Los de más de 55 años permanecen estables en el coeficiente, con una mayor resiliencia, pero las generaciones más jóvenes, que tuvieron una caída abrupta en las habilidades relevadas en la pandemia, no terminan de recuperarse”, agregó la representante de la organización para la región, donde se replica esa tendencia.
Factores determinantes
El equipo de Sapien Labs identificó cuatro grandes factores determinantes de ese deterioro que relevó para esta edición del proyecto: los lazos familiares y sociales, el uso temprano de smartphones, la espiritualidad (no solo religiosa) y el consumo frecuente de alimentos ultraprocesados por su impacto en la salud, según explicó Blitzer ante la consulta de LA NACION.
Mientras que la Argentina quedó en el segundo lugar, después de República Dominicana, en la importancia de los vínculos familiares (el 70% de los participantes declaró la cercanía con sus familiares y, también, amigos), los mayores de 55 y los más jóvenes mostraron por igual una disminución en la relevancia de la espiritualidad en sus vidas.
“Sabemos que los vínculos familiares estrechos y la espiritualidad son factores positivos que enriquecen y contribuyen positivamente en la salud mental porque puntajes más altos están asociados con menor depresión, pensamientos suicida y más habilidades para afrontar la vida”, indicó la referente regional en diálogo con este medio.
Algo similar sucede con la edad en la que se accede al primer smartphone, en tanto puerta de acceso a redes sociales e interacción con otros a través de una pantalla. “Los argentinos acceden al primer teléfono inteligente entre los 12 y 13 años de edad, como en otros países de la región, pero los nacidos desde 2010 ya empiezan a recibirlo dos años antes”, precisó Blitzer.
Eso ubica a la Argentina en el puesto 13 de 79 países en los que se evaluó. Finlandia es el país con el acceso más temprano, desde los 10 años de edad, y Tanzania, el más tardío, a los 18 años. “Si un chico empieza a usar el teléfono a los 12 en lugar de los 18, esos seis años es mucha diferencia porque gran parte de su infancia, con el desarrollo cognitivo y emocional, ocurre a través de una pantalla y no socialmente”, agregó.
Por último, se refirió al consumo de ultraprocesados –productos con alto contenido de azúcar, grasa y sal asociados con enfermedades crónicas y efectos en la salud mental– que aumentó con respecto de relevamientos anteriores. Detalló que el 57% de los participantes argentinos de menos de 35 años dijo consumirlos regularmente, comparado con poco menos del un tercio (31%) de los mayores de 55, lo que ubicó al país, para esos grupos, respectivamente, en los puestos 24 y 28 del ranking global de consumo de esos alimentos industrializados, listos para comer. Coincide con relevamientos locales que vienen dando cuenta de cómo esos productos terminaron por desplazar a las frutas, las verduras o los cereales de la alimentación entre los 2 y 17 años.
“El debilitamiento de los vínculos familiares cuadruplica el riesgo de sufrir angustia mental clínica. El declive de la espiritualidad está asociado a diferencias de hasta 20 puntos en el MHQ entre jóvenes con niveles altos y bajos. El acceso temprano a smartphones, especialmente antes de los 13 años, está vinculado a ideación suicida, agresividad y desconexión social en la adultez. Y el consumo de alimentos ultraprocesados, responsable de entre el 15% y el 30% de la carga total de problemas de salud mental”, explicó el equipo de Thiagarajan.
Ante los resultados argentinos, Blitzer planteó que el informe proporciona información útil para incorporar cambios en lo personal o familiar, pero también para diseñar políticas públicas. Puso como ejemplo que se puede decidir empezar a consumir más productos frescos y leer el etiquetado de los productos al momento de comprarlos, dejar el teléfono celular de lado durante las reuniones familiares o encuentros sociales, implementar medidas en las escuelas y hacer campañas públicas efectivas que colaboren para mejorar la salud mental de la población.
“Estamos encontrando que la densidad de psiquiatras o terapeutas en un país no está asociado con el estado de salud mental de su población. Si la Argentina es un país sobresaliente en vínculos estrechos, se tendrían que pensar políticas que aborden el tiempo en familia y amigos. Si tenemos un recurso tan potente para el bienestar, cómo no aprovecharlo y, a la vez, también ir abordando los otros factores para mejorarlos”, planteó.
Tres recomendaciones de autocuidado
- Limitar o, idealmente, eliminar el consumo regular de alimentos ultraprocesados en favor de alimentos frescos.
- Dar prioridad a la familia y aquellas prácticas que enriquezcan el espíritu sobre la cultura digital.
- No dar smartphones desde muy temprana edad. Seguro, no antes de los 13-14 y, cuanto más tarde, mejor. Considerar dispositivos sin acceso a internet y favorecer los que permiten comunicaciones básicas.