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Un psicoterapeuta, señala por qué buscamos parejas que evitan el conflicto y trabajos que nos queman

Afrontar nuestros miedos, enfrentarnos al conflicto y entender que las emociones son naturales y humanas, son algunas de las enseñanzas que Meg Josephson, psicoterapeuta y autora del libro ¿Te pasa algo conmigo? nos da para entender nuestras necesidades reales y conocernos mejor. 

Meg Josephson
  1. Isabel Gallardo Ponce

Complacer a los demás es una costumbre arraigada en el día a día y aunque muchas veces es una acción necesaria otras veces lo hacemos doblegándonos a la aprobación social. “La complacencia y la adulación son estrategias inconscientes de supervivencia que nos hacen sentir que tenemos el control en una sociedad que nos arrebata nuestro poder”, así lo explica a CuídatePlus Meg Josephson, psicoterapeuta, sobre su libro ¿Te pasa algo conmigo? (Diana, Editorial Planeta, 2026). 

El libro busca ayudar a que dejemos de centrarnos en lo que los demás piensen de nosotros y empezar a vivir para nosotros mismos. Parece fácil, pero a veces no lo es tanto. Tendemos en ocasiones a disculparnos por defecto. En algunas ocasiones, dice Josephson, “complacer a los demás como estrategia de seguridad puede ocurrirnos a cualquiera. A veces lo necesitamos, ya sea por seguridad real o simplemente para cobrar un sueldo”. Y no hay nada de malo en ello

Sin embargo, especialmente para las mujeres “suele existir una capa social. A ellas se les elogia desde pequeñas por ser buenas. A las mujeres, en particular, se les enseña que, para sobrevivir, debemos parecer agradables, complacientes, desinteresadas y educadas, y eso a menudo implica sobrecargarnos y disculparnos en exceso para cumplir las expectativas que otros tienen de nosotras.” 

No obstante, aunque desde niños tengamos unas creencias determinadas sobre nosotros mismos, la neuroplasticidad del cerebro, es decir, su capacidad de cambiar y reorganizarse, está a la orden del día. Por eso, aunque tengamos conductas que nos lleven a pedir perdón de forma casi constante e innecesaria aprendidas en la infancia, tenemos margen para cambiar y para hacer el duelo por todo lo que hubiéramos querido tener y ser. 

Las emociones no son el problema

En ese bucle de complacencia y adulación, también nos protegemos de las emociones que son incómodas o desagradables. “Las emociones solo transmiten información. Por ejemplo, el enfado nos dice que hay algo que no está bien, que va contra mis valores o es injusto. La culpa dice: he hecho algo mal”, así lo explica la psicoterapeuta. Y con ello quiere dejar claro que no hay emociones malas, quizá sean incómodas o complicadas pero no problemáticas. 

“Las emociones en sí mismas son bastante neutras en cuanto a la información que aportan. Pero como solemos reaccionar muy rápido a lo que sentimos, tendemos a confundir la emoción con la reacción”, explica la psicoterapeuta. Por tanto, podemos creer que la ira o el enfado es dañina como emoción, y quizá sea, augura Josephson, porque nuestros cuidadores en la infancia gritaban o daban portazos cuando estaban enfadados. 

Puede que esa sea la causa de que no aprendamos que estas emociones son humanas y pretendamos fingir que todo va bien. “La ira en sí es distinta de la reacción, que es el grito o el portazo. Cuando logramos insertar una pausa entre la emoción y la reacción, tenemos la oportunidad de volvernos más curiosos respecto a lo que sentimos y decidir cómo queremos responder, en lugar de reaccionar automáticamente.” 

Evitar el conflicto

Lo queramos o no el conflicto forma parte de la vida humana y no tiene por qué ser malo. Pero evitarlos y huir de conversaciones difíciles o de relaciones estrechas lo único que hace es reforzar el miedo que nos suponen. Si estamos al lado de alguien que se paraliza cuando hay un conflicto y no es capaz de hacer o decir nada lo ideal, dice Josephson es “mostrar a la otra persona que la comunicación honesta y clara es segura con nosotros”. 

Puede ser útil, aconseja la psicteraputa, practicar esa conversación inicial de forma amable y suave, ayudando y dando espacio y tiempo para procesarla. “También puede ser útil abordar la evitación en sí, diciendo algo como: ‘Sé que puede dar miedo hablar de estas cosas. Te lo menciono no porque estés en problemas, sino porque estamos en el mismo equipo y quiero resolver esto juntos’. Cuantas más conversaciones honestas tengas con una persona que evita el conflicto, más segura se sentirá en ellas”.

Esclavos o adictos del estrés

Creer que no vivimos en un estrés constante es engañarse a uno mismo. Pero ese estrés a veces es tan innecesario como pedir perdón por todo. Ante la pregunta de si somos esclavos a ductos al estrés, Josepshon responde que fisiológicamente “el estrés tiene un componente adictivo, pero también tiene que ver con la familiaridad. Cuando el estrés o el caos es lo único que hemos conocido durante la mayor parte de nuestra vida, nuestro cuerpo va a buscarlo inconscientemente”. 

¿En qué se traduce eso? Josephson nos da algunos ejemplos:

  • Buscar parejas que no están emocionalmente disponibles.
  • Sentirnos atraídos por entornos laborales tóxicos.
  • Adoptar hábitos estresantes “porque, de una manera extraña, aportan a nuestro cuerpo una sensación de comodidad únicamente por ser familiares”.

Fuente: cuiudateplus