El mundo de los trasplantes de órganos

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La experiencia de un cirujano de trasplantes de Nueva York mientras esperaba un trasplante de corazón puso de manifiesto los retos de un sistema que llevaba décadas intentando mejorar.

La primera vez que sufrió un paro cardíaco y, por unos instantes, murió, Robert Montgomery estaba subiendo por un sendero de montaña en la Patagonia.

El viento le soplaba nieve en la cara y él sintió que su corazón se aceleraba mientras se rezagaba detrás de su hijo John y su guía.

Luego cayó boca abajo en la nieve.

Pasaron segundos antes de que un dispositivo médico implantado en su pecho se activara y administrara una descarga que restauró los latidos de su corazón y le salvó la vida.

Era 2010, y Montgomery, que entonces tenía 50 años, se recuperó rápidamente.

Pero se estaba volviendo dolorosamente claro que necesitaba un corazón nuevo:

con el que había nacido estaba fallando.

Las probabilidades de que consiguiera un trasplante de corazón eran desalentadoras.

Unos 50.000 órganos se trasplantan en Estados Unidos cada año, pero solo unas pocos miles de personas pueden conseguir un corazón.

Los corazones son tan raros que los pacientes a menudo ni siquiera pueden entrar en la lista de espera para uno hasta que están en el hospital, cerca de la muerte.

Montgomery sabía esto porque él mismo era cirujano de trasplantes.

En el momento de su viaje a Argentina, Montgomery dirigía uno de los principales centros de trasplante de órganos del país, en Johns Hopkins Medicine.

Había desarrollado enfoques innovadores para trasplantar riñones que habían sido adoptados en todo el mundo, y él pasaría a desempeñar un papel destacado en el uso de órganos de cerdos modificados genéticamente.Angelina Katsanis for The New York Times

Angelina Katsanis for The New York Times

Para él, los trasplantes de órganos eran uno de los tratamientos médicos más efectivos jamás inventados, y su poder para transformar vidas solo se veía frustrado por la escasez de órganos disponibles.

Pero parecía cada vez más probable que pudiera morir antes de poder conseguir un corazón él mismo.

A pesar de su roce con la muerte en la montaña, todavía no estaba ni de cerca lo suficientemente enfermo como para entrar en la lista.

“Es una posición terrible para estar, porque tienes que estar a las puertas de la muerte”, dijo.

“Y tus probabilidades de no llegar a la línea de meta son muy grandes”.

Impulsado a la medicina

Montgomery, de trato tranquilizador con los pacientes e inclinación por ampliar los límites de los trasplantes, podría parecer que estaba destinado a ser médico.

Pero de niño quería ser veterinario.

Fue a partir de los 14 años, cuando su padre desarrolló síntomas de miocardiopatía dilatada, que lo reconsideró.

La poco frecuente enfermedad hace que las cavidades del corazón se estiren y se agranden, y puede provocar insuficiencia cardíaca, latidos irregulares o arritmias, paro cardíaco y muerte súbita.

Su padre, Lawrence Montgomery, se debilitó cada vez más, y con el tiempo necesitó una sonda de alimentación después de que sufriera daño cerebral por un paro cardíaco.

Montgomery recordaba a su madre rogándole al cardiólogo de su padre por una cura.

El cardiólogo dijo que un trasplante de corazón, que era algo novedoso en ese momento, era una opción, “pero en realidad no funciona, de todos modos”.

“Y yo pensaba:

‘Bueno, ¿por qué no funciona, y si es lo último que queda, por qué no lo resuelven?’”, recordó Montgomery.

Para cuando Lawrence murió en 1976, Bob, de 16 años, había decidido convertirse en médico.

Once años después, acababa de comenzar una prestigiosa residencia quirúrgica en Johns Hopkins Medicine cuando recibió la peor llamada telefónica de su vida.

Su hermano Rich, de 35 años y padre de dos hijos, había caído muerto esa mañana mientras practicaba esquí acuático.

“Simplemente soltó la cuerda”, dijo Montgomery.

Los patólogos descubrieron que Rich también tenía miocardiopatía dilatada, probablemente causada por una mutación genética.

Montgomery fue evaluado y se enteró de que él también tenía la afección.

De repente, su carrera estaba en duda.

El entrenamiento quirúrgico era extenuante y un paro cardiaco o un episodio de desmayo podrían poner en peligro a los pacientes.

Cuando los medicamentos no lograron mantener su arritmia bajo control, Montgomery optó por un nuevo dispositivo médico llamado desfibrilador automático implantable, o DAI, que podía administrar una descarga al corazón para que volviera a un ritmo normal.

Inseguro de si podría completar su residencia, Montgomery y su esposa en ese momento se mudaron a Oxford, Inglaterra, para que él pudiera estudiar inmunología.

Decidió hacer un doctorado, por si acaso la cirugía no funcionaba.

Una noche hubo un fuerte choque en la concurrida calle donde vivían.

Montgomery escuchó a una mujer gritar.

Su auto se había volcado. Ella había logrado salir, pero su bebé estaba atrapado dentro.

Montgomery se arrastró por la ventana del auto y sacó al niño pequeño.

Sintió que su corazón se aceleraba.

El dispositivo implantado le dio una descarga con la fuerza de un mazo, tres veces.

Fue un momento crucial para Montgomery, quien se dio cuenta de que no podía ser cirujano si el dispositivo implantado se activaba tan fácilmente.

“Tuve que abolir por completo mi respuesta de lucha o huida y la adrenalina y todas las cosas que hacían que mi corazón entrara en arritmia, o nunca podría ser lo que quería ser”, dijo.

Durante los años siguientes, se entrenó a sí mismo para controlar sus respuestas fisiológicas al estrés.

Pensaba en lo que lo ponía ansioso, y luego respiraba hondo y visualizaba escenas pacíficas mientras se decía a sí mismo que lo único que importaba era que estaba vivo.

Apurado, e ‘hiperconcentrado’

Montgomery regresó a Johns Hopkins en 1992.

Quería especializarse en cirugía de trasplantes, para que más órganos llegaran a las personas que los necesitaban.

Su propia enfermedad fue un motivador tremendo.

“No creía que viviría con una esperanza de vida normal —sabía que necesitaría un trasplante de corazón o moriría—, así que estaba apurado, e hiperconcentrado”, dijo.

“Era muy consciente de que estaba en una posición en la que algo que hiciera podría tener un impacto que algún día podría ayudar a mis hijos y a mis nietos”, agregó Montgomery.

Se hacían tan pocos trasplantes de corazón a principios de la década de 1990 que convertirse en cirujano de trasplantes de corazón a tiempo completo no era una opción.

Montgomery trasplantaba hígados, páncreas y riñones, pero se enfocó en los riñones, el órgano que se trasplanta con mayor frecuencia.

En Hopkins, ayudó a desarrollar una técnica quirúrgica mínimamente invasiva para extraer riñones de donantes vivos sanos, lo que los médicos esperaban que llevara a más personas a donar un riñón.

Así fue, y los niños necesitados fueron los primeros beneficiarios.

Durante los años siguientes, “trasplantamos a todos los niños de nuestra lista pediátrica”, dijo Montgomery.

En 2001, al darse cuenta de que podría aumentar el número de pacientes que obtenían un órgano si se intercambiaban riñones entre parejas incompatibles de donantes y receptores, Montgomery inició un programa para hacer exactamente eso.

Pronto, él y su equipo estaban haciendo donaciones dominó.

Un donante altruista le daba un riñón a un extraño, cuyo donante incompatible le daba un riñón a un segundo receptor y así sucesivamente.

(En 2010, una cadena de ocho donaciones le valió a Montgomery un lugar en el libro Guinness de los récords mundiales por la mayor cantidad de trasplantes de órganos realizados en un día).

“Era visto como una especie de vaquero”, dijo Brigitte Sullivan, la administradora de trasplantes a quien Montgomery describió como su “compañera visionaria”.

No ayudaba que Montgomery llevara el pelo largo, tuviera un bigote de motociclista y a menudo se pusiera botas de vaquero con su uniforme médico.

Pasó a ayudar a desarrollar un nuevo enfoque para reducir el rechazo de órganos en pacientes con alto riesgo de trasplantes fallidos, y apoyó una iniciativa para usar riñones recuperados de donantes de órganos con VIH, trasplantándolos en pacientes VIH positivos en lugar de desecharlos.

La ley federal tuvo que ser modificada, pero esto ahora es atención estándar.

“Bob era la única persona en el país que decía:

‘Sí, deberías hacer eso; dediquemos mucho esfuerzo, tiempo y dinero para que esto suceda’”, dijo Dorry Segev, el cirujano de trasplantes que lideró la iniciativa del VIH.

En 2016, NYU Langone Health contrató a Montgomery para desarrollar un programa de trasplante de órganos de clase mundial, y él se mudó a Manhattan con su esposa, la cantante de ópera Denyce Graves, y la hija de ambos.

(Montgomery también tiene tres hijos de relaciones anteriores; su primer matrimonio terminó en divorcio).

Había conocido a Graves en un vuelo a París.

Para cuando aterrizó el avión, ella lo había invitado a escucharla cantar y él la había invitado a verlo operar.

Aunque él le dijo que tenía una afección cardiaca familiar grave, Graves vio a alguien dinámico y decidido, “alguien con un propósito”.

Él le aseguró que “era difícil de matar”, dijo Graves.

Pocos de los colegas y pacientes de Montgomery tenían idea de lo enfermo que estaba.

“Existe la idea de que los médicos no deberían tener estas vulnerabilidades, de que hay una separación entre los médicos y los pacientes:

‘tú eres el médico, no puedes estar enfermo’”, dijo Montgomery. “No era algo que compartiría con mis pacientes en ese entonces”.

Cerca de la muerte

A pesar de su anterior experiencia cercana a la muerte en la Patagonia, Montgomery regresó al mismo lugar en 2017.

Quería pasar tiempo con sus hijos John y Max, pero volvió a sufrir un paro cardíaco.

El hospital más cercano estaba a casi una hora de distancia y John le hizo compresiones torácicas en el asiento trasero de un Jeep mientras se apresuraban hacia allá.

Cuando salió de un coma inducido médicamente más de un mes después en Nueva York, a donde lo habían trasladado en avión, Montgomery tuvo que aprender a caminar, hablar y comer de nuevo.

“A medida que tenía más de estas experiencias cercanas a la muerte, me quedó muy claro que la probabilidad de conseguir un trasplante de corazón era menor que la de morir antes de entrar en la lista”, dijo.

Empezó a preguntarse cuánto duraría su suerte.

Unos meses después, su corazón se detuvo a mitad del espectáculo de Broadway School of Rock.

Recibió RCP en el pasillo.

En una conferencia médica en Italia, en septiembre de 2018, experimentó cuatro paros cardíacos, uno tras otro.

Un sacerdote en el hospital le dio la extremaunción.

El lado positivo, se dio cuenta, era que ahora estaba tan enfermo que finalmente podía unirse a la lista de espera para un corazón.

Y sabía que casi con toda seguridad lo pondrían en lo más alto.

Montgomery dejó el hospital en Italia en contra del consejo médico y voló a casa con un amigo médico.

“Dije: ‘Tenemos que salir de aquí’, porque ahora hay una posibilidad de que pueda conseguir un trasplante”, dijo.

“Estaba obsesionado con eso”.

Fue ingresado en la unidad de cuidados intensivos de NYU Langone y comenzó la espera por un órgano.

Su médico advirtió que podrían pasar meses, incluso un año.

“Cuando eres cirujano de trasplantes, te concentras en los pacientes que tienen la suerte de conseguir un órgano”, dijo.

Fue impactante estar del otro lado.

“Estás esperando a que alguien muera para que tú puedas vivir”, dijo.

Justo antes del amanecer del 20 de septiembre, recibió una llamada de que un corazón estaba disponible, si lo quería.

El donante, que había muerto de una sobredosis de heroína, estaba infectado con hepatitis C.

Había motivos para dudar:

el programa de trasplantes de corazón del hospital era completamente nuevo; el propio Montgomery lo había iniciado menos de un año antes.

Y los trasplantes con corazones positivos para hepatitis C eran tan novedosos que él sería parte de un ensayo clínico si recibía uno.

“Muchos de mis colegas pensaban que estaba loco”, recordó Montgomery. Pero creía en el programa, y había animado a sus propios pacientes a considerar órganos con hepatitis C, que podía curarse con medicamentos.

“Entonces, ¿por qué yo no?”, dijo.

Después de una cirugía de seis horas, Montgomery tenía un corazón nuevo.

La mayoría de los pacientes de trasplante de corazón están tan enfermos para cuando consiguen un órgano que quedan discapacitados; solo alrededor de un 30 por ciento regresa al trabajo.

Pero dos días después de la operación, Montgomery estaba sentado en la cama, revisando casos.

Con tiempo prestado

Después de su experiencia, Montgomery comenzó a sentir que todo el trabajo que había hecho para encontrar más órganos viables era insuficiente:

“nada más que reorganizar las reposeras en el Titanic”, como lo expresó.

“Eso nunca va a poder proporcionar suficientes órganos para las personas con insuficiencia orgánica”, dijo.

Y se sentía más apurado que nunca.

Era el momento de una medida radical.

Los experimentos habían mostrado que los órganos de cerdos modificados genéticamente podían trasplantarse a monos.

El siguiente paso era sentar las bases para los trasplantes en humanos.

Montgomery decidió probarlo primero en un paciente con muerte cerebral, algo que nunca se había intentado.

En el otoño de 2021, Montgomery anunció que por primera vez había trasplantado un riñón de un cerdo genéticamente modificado a un humano.

Los científicos de United Therapeutics, que produjo el cerdo, habían eliminado un gen implicado en una respuesta agresiva de rechazo de órganos.

(El paciente con muerte cerebral era donante de órganos, y la familia dio su consentimiento para el experimento).

El riñón no solo no fue rechazado, sino que funcionó, produciendo orina y excretando desechos durante 54 horas, el límite establecido por un panel de ética del hospital.

El trasplante marcó un momento decisivo.

Durante los años siguientes, el equipo de Montgomery y otros en Maryland y Boston trasplantaron riñones y corazones de cerdo a un pequeño número de pacientes vivos que tenían enfermedades terminales y habían agotado otras opciones de tratamiento.

Los pacientes murieron de afecciones subyacentes en cuestión de meses, pero ninguno de ellos presentó el tipo de rechazo inmunológico devastador que destruye un órgano:

un logro importante que demostró que los órganos de cerdo podían trasplantarse de manera segura y funcionar correctamente en humanos.

Justo antes del Día de Acción de Gracias de 2024, Montgomery le trasplantó un riñón de cerdo modificado a Towana Looney, una mujer de Alabama de 53 años.

Liberada de la diálisis y de sus efectos secundarios, dijo, tenía la energía para dar largas caminatas por Nueva York y disfrutó comer sin náuseas por primera vez en años.

Vivió con el riñón durante más de cuatro meses.

El año pasado, la Administración de Alimentos y Medicamentos dio luz verde a los ensayos clínicos de trasplantes de órganos de cerdo en pacientes muy enfermos que no tienen probabilidades de conseguir un riñón de otra manera.

Montgomery lidera dos de ellos.

Se mostraba reacio a hablar sobre los ensayos, pero desde su cirugía, ha sido más franco acerca de su propio trasplante.

Cree que sus pacientes confían más en él debido a eso.

En una reciente mañana de jueves, Montgomery se detuvo para ver a un paciente cuyo trasplante de riñón él había realizado esa semana.

Se colocó una mascarilla quirúrgica sobre su espeso bigote antes de entrar a la habitación.

El paciente, Steve Setteducati, de 65 años, estaba casi listo para irse a casa, pero tenía un dolor punzante en la pierna.

Muchos médicos se paran junto a la cama cuando hacen sus rondas.

Pero Montgomery se sentó en la cama de Setteducati y se giró para que estuvieran cara a cara.

Tenía una reunión en 15 minutos, pero parecía tener todo el tiempo del mundo, mientras le ofrecía a Setteducati un vaso de agua con su pastilla, junto con la tranquilidad de que el dolor desaparecería.

“No es que no duela”, agregó, “pero mejorará”.

Los dos hombres chocaron los cinco por un buen resultado de laboratorio, y Montgomery preguntó por el hijo de Setteducati, quien le había donado el riñón a su padre.

“Creo que él se siente más enriquecido por ello”, dijo Setteducati.

El resto del día de Montgomery estuvo repleto.

A sus 66 años, sigue siendo un hombre apurado.

Los órganos trasplantados a menudo no duran toda la vida, y él lo sabe.

Pero el corazón del donante lo había hecho sentir “como una persona nueva”, dijo.

“La parte más fácil de todo esto fue el trasplante en sí”, dijo.

“Inmediatamente me sentí bien de una manera que no me había sentido en muchos años”.

Desde su cirugía, ha ido a pescar salmón a Alaska con su hijo John, ha viajado a África con Graves para celebrar la jubilación de ella y ha asistido a cirujanos de riñón en Ucrania.

Cada mañana, para proteger su nuevo corazón, camina 3,2 kilómetros hasta el trabajo.

Sale antes de las 6 a. m., para llegar a tiempo para las rondas de pacientes.

Roni Caryn Rabin es periodista del Times especializada en salud materna e infantil, disparidades raciales y económicas en la atención sanitaria e influencia del dinero en la medicina.

Fuente: https://www.clarin.com/new-york-times-international-weekly/cambio-mundo-trasplantes-organos-moriria-esperando_0_jsH9DK35gj.html