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“El cuerpo queda en modo supervivencia”

El accidente ferroviario de Urda puede dejar secuelas psicológicas que van más allá del impacto inicial. El miedo, las pesadillas o la hipervigilancia son reacciones habituales tras una experiencia traumática.
 

accidente ferroviario en Urda (Toledo)
  1. Alicia Cruz Acal

El accidente entre dos trenes de alta velocidad en Urda (Toledo) ha dejado varias decenas de víctimas mortales y más de un centenar de heridos. Más allá de las secuelas físicas que una tragedia de estas características supone, las psicológicas también hay que tenerlas muy presentes.

“Cuando una persona vive un accidente ferroviario así, se enfrenta a lo que en psicología llamamos un trauma con ‘T’ en mayúscula: una experiencia muy estresante, inesperada y aterradora que excede nuestra capacidad para integrarla emocionalmente y en la que la propia vida o la de otros ha estado en peligro”, detalla a CuídatePlus Aurora Castro, experta en trauma y psicóloga en el centro Sukha. La experta aclara que lo que constituye un trauma no es tanto lo sucedido, es decir, el evento traumático en sí mismo; sino sus consecuencias en la persona y, más en particular, en el sistema nervioso, que se desregula. La hipervigilancia, el entumecimiento o la disociación hacen que el cuerpo quede en “modo supervivencia”. Por ello, “tras un trauma, la sensación de seguridad, así como la capacidad de regular las emociones y de conectar con los demás pueden verse alteradas”, explica.

Tras vivir una vivencia traumática de estas características, revivir mentalmente lo ocurrido es, afirma Castro, “completamente normal”. Tener pesadillas o sentir miedo a volver a subir a un tren “son las reacciones más habituales”. No indican que algo vaya mal en la persona, “muestran que su cerebro hizo exactamente lo que tenía que hacer: protegerla para que sobreviviera”.

Como se ha mencionado, durante un accidente se activa el sistema de supervivencia, una especie de “alarma” interna. Esa parte del cerebro, en la que tiene un papel clave la amígdala, no está pensada para reflexionar, sino para reaccionar rápido: huir, defenderse o quedarse paralizado. Mientras tanto, las zonas que ordenan y dan sentido a lo vivido (el hipocampo y la corteza prefrontal) quedan en segundo plano. “Los efectos traumáticos no siempre aparecen inmediatamente después de los incidentes que los provocan. Los síntomas pueden permanecer latentes durante años o incluso décadas. Entonces, durante una época estresante o como resultado de otro incidente, aparecen sin avisar”, señala la psicóloga.

Asimismo, los síntomas traumáticos son, en gran medida, el resultado de respuestas primitivas y suelen ser difíciles de detectar. Por eso es “tan importante una respuesta del entorno para ayudar a la persona que ha tenido esa vivencia y, desde un acompañamiento emocional, iniciar un proceso terapéutico”.

¿Por qué vivir la misma situación puede provocar reacciones tan diferentes?

Son varios los factores que influyen en que una persona desarrolle un trauma psicológico tras un suceso así y que pueda reaccionar de manera distinta a otro individuo. Castro apunta a los siguientes:

  • Características físicas: hay que tener en cuenta la capacidad de afrontamiento a situaciones donde la vida corre riesgo, como la edad o el nivel de resiliencia. Para un niño, es más complejo entender lo sucedido y su capacidad de protegerse tampoco es la misma que la de un adulto. 
     
  • Capacidades aprendidas del individuo: la vulnerabilidad por la ausencia de las habilidades para gestionar una situación amenazante o también la experiencia.
     
  • La percepción de las propias capacidades para afrontar el peligro. 
     
  • El propio acontecimiento: sucesos como el de este caso son más intensos y amenazadores que otros que podamos vivir. 
     
  • Recursos externos: lo que el entorno ofrece en la vía de la posible seguridad (un refugio, un amigo que ofrece ayuda) “contribuye a la sensación interna de que tenemos abundantes recursos, si nuestro grado de desarrollo es tal que nos permite aprovecharlos”.  

“Si pasados unos meses, los síntomas siguen igual de intensos, empeoran o limitan la vida diaria, puede estar desarrollándose un trastorno de estrés postraumático. En este caso, es importante consultar con un profesional especializado en trauma”, resalta.

¿Cómo ayudar a una persona que ha sufrido el accidente?

dos personas se abrazan

La experta en trauma destaca que es necesario dar a la persona espacio para hablar, sin obligar nunca a hacerlo: “Expresar lo vivido ayuda a ordenar el recuerdo y a liberar todas las emociones en torno al trauma. Para que una persona pueda hablar del trauma, debe ser sostenida y acompañada, aunque sea en silencio”. En este sentido, añade, “saber que no está sola es, probablemente, lo más protector que existe”.

“Hoy sabemos que las intervenciones que obligaban a todo el mundo a relatar el suceso nada más ocurrir no solo no prevenían el estrés postraumático, sino que en algunos casos lo empeoraban”, lamenta la psicóloga, quien afirma que la clave es respetar el ritmo de cada persona. “Hay quien necesita contarlo una y otra vez en los primeros días, y hay quien necesita silencio y tiempo. Ninguna de las dos formas es mejor. Lo importante es que la persona sepa que, cuando quiera hablar, habrá alguien dispuesto a escucharla”, insiste.

Por otro lado, conviene ayudar con lo más cotidiano, que, en un contexto así, “puede resultar abrumador”. “Respetar no es desentenderse. Dejar que cada persona lo procese a su ritmo no significa dejarla sola. Conviene seguir pendientes en las semanas siguientes, cuando el apoyo inicial suele desaparecer y la persona puede sentirse más sola. Y si con el tiempo vemos que no mejora, que se aísla cada vez más, que no duerme, que empieza a beber más de la cuenta o que expresa desesperanza, es el momento de animarla, con delicadeza, a pedir ayuda profesional”, concluye la especialista. 

Fuente: cuidateplus

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