Una mala noche
Pasar una sola mala noche ya tiene efectos visibles en la salud. Los primeros marcadores que suelen alterarse son el cortisol, cuya curva natural se desajusta; la glucosa y la insulina, ya que basta una sola noche de sueño insuficiente para que empeore la sensibilidad a la insulina.

A diferencia de lo que muchos puedan pensar, los efectos de dormir mal no tardan semanas o meses en aparecer. De hecho, basta una sola noche de sueño insuficiente para que el organismo empiece a mostrar cambios que, aunque pasen desapercibidos, pueden medirse a través de distintos biomarcadores.
«Cuando dormimos mal, el cuerpo no tarda en dar señales, aunque muchas veces no las notemos a simple vista. Los primeros marcadores que suelen alterarse son el cortisol, cuya curva natural se desajusta; la glucosa y la insulina, ya que basta una sola noche de sueño insuficiente para que empeore la sensibilidad a la insulina; marcadores inflamatorios como la proteína C reactiva, la interleucina-6 o el TNF-α; las hormonas del apetito, con un aumento de la grelina y una disminución de la leptina; y la melatonina, cuyo ritmo de secreción también se desincroniza», explica Maribel Tejeda, experta médica en Clínica Neleva.
En otras palabras, una mala noche puede hacer que el organismo gestione peor el azúcar en sangre, aumente el estado de inflamación, altere el equilibrio hormonal y favorezca una mayor sensación de hambre al día siguiente. Son cambios puntuales, pero cuando el descanso insuficiente se convierte en un hábito, su impacto deja de ser temporal.

Más riesgo de enfermedades
Más allá del cansancio o la falta de concentración, el sueño desempeña un papel fundamental en la prevención de enfermedades metabólicas, cardiovasculares y neurodegenerativas. Hoy sabemos que dormir poco de forma habitual no solo afecta al bienestar diario, sino que también incrementa el riesgo de desarrollar patologías a largo plazo.
«La relación es bidireccional y, sobre todo, mucho más estrecha de lo que se pensaba hace unos años. El sueño no es un ‘apagado’ del cuerpo, sino un proceso activo de mantenimiento», explica Tejeda.
La especialista señala que dormir menos de seis horas de forma habitual se ha asociado con un mayor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, ya que disminuye la sensibilidad a la insulina y altera el metabolismo de la glucosa. Además, durante el sueño profundo el cerebro activa el denominado sistema glinfático, encargado de eliminar proteínas de desecho como el beta-amiloide, cuya acumulación se ha relacionado con enfermedades neurodegenerativas. A esto se le añade el impacto sobre la salud cardiovascular: la falta de descanso mantiene activado el sistema nervioso simpático, favorece la inflamación vascular, eleva la presión arterial y aumenta el riesgo de hipertensión, infarto y otros problemas cardiovasculares
Fuente: Cuidateplus