Por qué cada vez más jóvenes se sienten agotados
Ocurre aunque no hayan hecho demasiado: la explicación de una psicóloga
La especialista en neurociencias Sol Rivera analizó el fenómeno de la llamada “generación agotada” y explicó cómo la hiperproductividad y la dificultad para desconectarse están modificando la manera en que las personas experimentan el cansancio cotidiano
PorNicolás SturtzSeguirLa psicóloga Sol Rivera explicó que la generación agotada describe a jóvenes adultos que terminan el día exhaustos aunque la jornada no haya sido exigente
Hay una sensación que se repite cada vez con más frecuencia entre los jóvenes adultos: terminar el día exhaustos incluso cuando la jornada no fue especialmente exigente. La lista de tareas pendientes parece no terminar nunca, descansar genera culpa y la impresión de que siempre falta hacer algo se volvió parte de la rutina. Ese estado de agotamiento permanente, que ya no depende únicamente del esfuerzo físico, comenzó a ser identificado por especialistas como el fenómeno de la “generación agotada”.
En una entrevista con Infobae al Mediodía, la psicóloga especialista en neurociencias (MN 51.296) Sol Rivera explicó que esta realidad afecta principalmente a personas de entre 22 y 38 años, aunque advirtió que sus consecuencias ya alcanzan a prácticamente todas las generaciones. Según sostuvo, el problema no radica solamente en trabajar más, sino en vivir bajo una presión constante por producir, responder y cumplir expectativas cada vez más difíciles de satisfac
“La generación agotada tiene que ver con investigaciones que muestran una contradicción muy fuerte. Hoy deseamos profundamente alcanzar resultados extraordinarios y ser cada vez más productivos, pero al mismo tiempo nos sentimos física, emocional y energéticamente agotados”, explicó durante la conversación que mantuvo con Maru Duffard.
Esa contradicción, señaló, se manifiesta en una experiencia que muchas personas reconocen de inmediato: terminar el día con una sensación de desgaste desproporcionada respecto de las actividades realizadas. “Nos sentimos agotados incluso creyendo que no hicimos todo lo que teníamos que hacer o que el día no fue tan exigente como para terminar así. Nos quedan pendientes, sentimos que podríamos haber hecho más y, aun así, el cansancio aparece igual”, describió.
Para la especialista, esa percepción no responde únicamente a la cantidad de tareas, sino al funcionamiento de una cultura que instaló la idea de que siempre es posible producir un poco más. La exigencia permanente, sumada a la sensación de estar en deuda con uno mismo, genera una carga mental constante que termina siendo tan desgastante como el propio trabajo. En ese contexto, advirtió que una de las creencias más arraigadas es pensar que detenerse implica perder productividad, cuando sucede exactamente lo contrario.
“Tenemos la idea de que si paro no produzco. En realidad, el cerebro necesita esas pausas y las transiciones entre una actividad y otra para funcionar de manera eficiente. Parar no es tiempo perdido; es parte del proceso que nos permite sostener el rendimiento”, explicó.
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La hiperproductividad instaló la idea de que siempre se puede hacer más y convirtió el descanso en una fuente de culpa para muchos jóvenes (Imagen Ilustrativa Infobae)
Rivera sostuvo que esa lógica se profundizó con la naturalización del multitasking, una práctica que obliga al cerebro a alternar entre múltiples demandas sin completar ninguna del todo. “Hoy podemos estar con nuestros hijos mientras respondemos mensajes de trabajo, revisamos el celular y hacemos otras tareas al mismo tiempo. Queremos resultados inmediatos sin aceptar los procesos que esos resultados requieren, y eso va en contra de cómo funciona nuestro cerebro”, afirmó.
El avance del trabajo remoto también modificó los límites entre la vida personal y la laboral. Aunque aclaró que el home office no constituye un problema en sí mismo, explicó que la dificultad aparece cuando desaparecen los espacios diferenciados para cada actividad. “Desayunamos mientras abrimos la computadora, respondemos un correo y al mismo tiempo hablamos con nuestros hijos antes de que se vayan al colegio. El cerebro necesita actividades de corte que le permitan registrar que una tarea terminó y otra comienza. Cuando todo ocurre simultáneamente, esa transición nunca llega a producirse”, señaló.
A ese escenario se suma el impacto de las redes sociales, donde el flujo constante de contenidos mantiene al cerebro expuesto a una sucesión ininterrumpida de estímulos. Según Rivera, el scrolling activa los circuitos de recompensa, pero rara vez genera una sensación de satisfacción real. “Podemos pasar muchísimo tiempo deslizando contenidos sin detenernos verdaderamente en ninguno. Hay hiperestimulación, pero sentimos que no hicimos nada y terminamos igual de cansados”, explicó.
La especialista en neurociencias afirmó que las pausas son necesarias porque el cerebro necesita transiciones entre actividades para sostener el rendimiento (Imagen Ilustrativa Infobae)
La especialista agregó que ese consumo permanente también favorece la comparación con modelos de éxito difíciles de alcanzar. En las plataformas digitales predominan imágenes cuidadosamente seleccionadas que muestran logros, felicidad y productividad, mientras ocultan las dificultades cotidianas. “Generalmente vemos personas que parecen conseguir todo sin esfuerzo. Ese ideal aparece constantemente para recordarnos lo que deberíamos estar haciendo, cuando en realidad las redes sociales muestran apenas una parte de la vida de cada uno”, analizó.
El agotamiento, sin embargo, no siempre tiene un origen físico. Rivera remarcó que muchas veces constituye la manifestación de emociones que permanecieron relegadas durante largos períodos y que el cuerpo termina expresando a través de distintos síntomas. Por ese motivo, explicó que numerosos pacientes llegan al consultorio después de haber descartado causas médicas para su malestar.
“Si nunca paramos es muy difícil conectar con la emoción real. Muchas personas llegan porque el cardiólogo, el gastroenterólogo u otros especialistas les dicen que no tienen nada, pero siguen sintiéndose mal. Cuando empezamos a profundizar aparecen emociones anuladas y acumuladas que llevan mucho tiempo sin ser registradas”, sostuvo.
Otro de los factores que, según Rivera, alimenta este desgaste cotidiano es la dificultad para establecer límites. En ese sentido, explicó que muchas personas viven el hecho de decir “no” como un rechazo hacia el otro, cuando en realidad se trata de proteger el propio tiempo y la propia energía. “Negarse a una situación no significa rechazar a una persona. El problema es que, cuando nunca ponemos ese límite, inevitablemente terminamos diciéndonos que no a nosotros mismos, aunque muchas veces ni siquiera seamos conscientes de eso”, reflexionó.
Sobre el final de la entrevista, la especialista también se refirió a los distintos mandatos sociales que incrementan la sensación de agotamiento y puso como ejemplo la maternidad, aunque aclaró que el fenómeno también alcanza a muchos hombres que intentan responder simultáneamente a múltiples responsabilidades. “No se es madre sin sentirse dividida por momentos. Una parte de la cabeza está en el trabajo y otra en los hijos. Esa sensación de estar permanentemente repartidos entre distintos roles también genera un enorme desgaste”, explicó.
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A modo de cierre, Rivera planteó que recuperar espacios de pausa y asumir el cuidado del propio bienestar constituye una condición necesaria para enfrentar este fenómeno. “Nadie puede hacerse responsable de nuestro bienestar por nosotros. Esa responsabilidad no es transferible y, cuanto mejor estemos nosotros, mejor vamos a poder acompañar a quienes nos rodean. Cuidarnos no es un acto de egoísmo, sino una condición para poder cuidar también a los demás”, concluyó.
Fuente: Infobae