Superar un terremoto
Cómo gestionar un peligro que no podemos controlar, según la psiquiatría
Los terremotos de Venezuela, Colombia y Granada pueden provocar miedo y ansiedad anticipatoria tanto en las personas que estaban en el lugar cuando ocurrió como en las personas que reciben la información. Te contamos cómo evitar el miedo y qué síntomas se producen

Cuando ocurre un desastre natural o vivimos una situación en la que nuestra vida corre peligro se disparan las alarmas de nuestro organismo. Es normal. El problema surge cuando todo aquello que no podemos controlar o anticipar nos causa ansiedad. Por poner un ejemplo si hemos sufrido de cerca el terremoto de Granada, el ocurrido en Venezuela o el de Colombia, ¿es normal que vivamos en un estado de alerta permanente?
A ello nos responde Ana Isabel Sanz, directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias, quien explica que todo aquello que ocurre sin avisar contradice nuestras necesidades básicas de seguridad, control y supervivencia. Así se “puede activar de forma excesiva el sistema límbico y la amígdala, generando lo que conocemos como ansiedad anticipatoria: el temor a que algo pueda suceder sin que podamos preverlo, planificarlo o controlarlo.
Por eso cuando se produce un desastre natural o un terremoto se ven afectados tanto nuestro cuerpo como nuestra mente. “Es comprensible que durante un tiempo persistan la ansiedad, la tensión muscular, las alteraciones del ritmo cardíaco o una mayor tendencia a sobresaltarnos”, explica Sanz.
Esas reacciones fisiológicas al estrés y al trauma durarán más o menos tiempo en función de la duración del hecho que lo produce. “Un terremoto puede tener réplicas y otros desastres naturales que pueden mantener cierto grado de incertidumbre durante un periodo posterior”, añade Sanz. Cuando vuelve la calma y se estabiliza la situación cada persona tiene un periodo de recuperación del equilibrio psicofísico diferente.
Síntomas posteriores al desastre
Según la psiquiatra, el tiempo será variable pero está establecido que los siguientes síntomas pueden persistir entre uno y seis meses. Por eso hay que estar atento si son muy intensos o se prolongan más allá de esa horquilla:
- Reacciones de sobresalto y activación excesiva.
- Recuerdos recurrentes o flashbacks,
- Alteraciones del sueño.
- Evitación de determinadas situaciones.
- Cierta anestesia afectiva.
Cada persona recuperará la normalidad después de un acontecimiento estresante a su ritmo. Unos necesitan más tiempo y otros menos. ¿Por qué ocurre así? Sanz explica que puede deberse a distintos factores. “Algunos tienen que ver con nuestra propia biología: nuestra estructura neurológica, cómo funciona nuestro cerebro, cómo responde nuestro sistema hormonal o nuestro temperamento. Son características que no elegimos”. La psiquiatra añade que también influye nuestra historia personal: “la exposición desde la infancia a situaciones traumáticas, amenazas permanentes, incertidumbre o daño puede hacernos especialmente vulnerables ante una nueva catástrofe”.
“Por tanto, la biología, el aprendizaje y la historia personal, junto con el apoyo social del que dispongamos, pueden marcar diferencias importantes en la manera en la que respondemos ante un desastre”.
Cómo lidiar con el hecho estresante
La teoría siempre es más fácil que la práctica. Pero si sabemos cómo debemos reaccionar quizá nos ayude en el caso de estar frente a un terremoto u otro desastre natural. Lo más importante en un primer momento es salvaguardar la integridad física “e intentar salir del aturdimiento inicial para volver a conectar con la realidad”.
La psiquiatra añade que puede que estar con otras personas y ayudar a quien lo necesite ayude también a conectar con uno mismo. Además, aconseja:
- Realizar técnicas de respiración profunda para favorecer la conexión mente y cuerpo.
- No exponernos de forma excesiva a la información sobre el evento.
- No aislarnos y compartir con alguien nuestras emociones para mantener el contacto con el presente.
- Cuidar de nuestra salud física.
Preparar un botiquín o una maleta en caso de emergencia
Los servicios de emergencia aconsejan tener preparada una pequeña mochila o un botiquín con la medicación habitual por si hay que salir de casa con prisas. Sanz recuerda que tenerlo preparado cuando existe cierta inestabilidad es una herramienta de prevención que “no debería aumentar el estrés siempre que no les demos un significado catastrófico. Más bien puede ocurrir lo contrario: este tipo de medidas pueden proporcionar cierto grado de calma porque nos aportan una mínima sensación de control sobre aquello que podría suceder”.
No obstante, el límite entre estar preparados y vivir en alerta se difumina en cierto modo y no siempre es fácil sobreponerse tras una experiencia que ha puesto en riesgo nuestra vida, nuestro entorno, nuestra casa y que ha provocado daños físicos y emocionales. “Una preparación adecuada nos ayuda a afrontar lo sucedido. Sin embargo, una alerta permanente puede acabar generando un sufrimiento y un desgaste psicológico y físico continuos sin aportar ninguna utilidad práctica”.
La psiquiatra recuerda que si tras una experiencia traumática tenemos síntomas emocionales y conductas que dificultan nuestra vida diaria, el autocuidado y las relaciones sociales, “debemos considerar que esa respuesta ansiosa está empezando a convertirse en un problema al que hay que prestar atención y que puede requerir ayuda especializada”.
Miedo en nuestra propia casa
A veces nuestro domicilio puede provocar inseguridad y miedo si la catástrofe ha afectado a su estructura o si estábamos allí cuando ocurrió. Lo primero que hay que realizar es asegurar la seguridad del lugar, “que no existen riesgos estructurales, que las salidas están despejadas y que contamos con los elementos imprescindibles por si fuera necesario abandonarla con rapidez”, apunta Sanz.
Una vez solucionadas las cuestiones de seguridad física hay que atender a la salud emocional si se produce un miedo intenso, la psiquiatra aconseja regresar de forma gradual con periodos breves, “tolerando cierto nivel de malestar y utilizando técnicas de relajación, para ir aumentando progresivamente el tiempo. También es importante no negar ni ocultar el miedo que nos produce volver”
Evitar la infoxicación
Se llama infoxicación, una palabra derivada de intoxicación informativa, a la sobrecarga de información que se produce tras algunos acontecimientos y que es de tal envergadura que no podemos procesarla del todo. El hecho de informar sobre las catástrofes es positivo, pero en ocasiones la “difusión mundial es enorme, especialmente a través de imágenes y noticias que se repiten continuamente. Esta sobreexposición puede ejercer un efecto multiplicador sobre ese temor lógico ante aquello que escapa a nuestro control”, explica Sanz.
Según la psiquiatra la infoxicación “más que ayudarnos a estar preparados, puede mantenernos en un estado de activación continua y hacernos vivir la catástrofe por anticipado. Lo conveniente es intentar que la parte más racional nos permita prepararnos de manera sensata y ser prudentes ante posibles fenómenos adversos, pero sin vivir permanentemente en función de ellos”.
Fuente: cuidateplus