Dormir mal envejece más que entrenar poco
El sueño se ha convertido en uno de los pilares para tener buena salud junto con el ejercicio y la alimentación. Cada vez se sabe más sobre el impacto en determinadas enfermedades que tiene dormir mal, algo que puede boicotear una buena alimentación y un buen entrenamiento. Te lo contamos.

Comer de forma saludable y hacer ejercicio con regularidad siguen siendo dos de las recomendaciones más repetidas cuando hablamos de prevención y longevidad. Sin embargo, existe un tercer pilar que durante años ha pasado desapercibido y que hoy la evidencia científica sitúa al mismo nivel: el sueño.
Dormir mal puede producir daños que, en algunos casos, pueden ser irreparables. De hecho, dormir mal se asocia a más obesidad, debilidad del sistema inmune, aumento de la presión arterial, efectos sobre la salud mental, sobre el deterioro cognitivo y la productividad, entre otras consecuencias.
Y es que, dormir bien no solo ayuda a descansar, sino que activa procesos esenciales de reparación, regula hormonas, controla la inflamación y favorece el equilibrio metabólico y todo eso repercute en la salud general de las personas. Expertos de la Clínica Neleva explican por qué la calidad del sueño puede marcar la diferencia entre envejecer de forma saludable o acelerar el deterioro del organismo.

Longevidad
Durante la noche el organismo pone en marcha algunos de los procesos de reparación más importantes del cuerpo. Lejos de ser un estado pasivo, el sueño permite reparar tejidos, consolidar la memoria, regular el sistema inmunológico y eliminar sustancias de desecho que se acumulan en el cerebro durante el día.
«Sin dormir bien, el resto de estrategias que hagamos durante el día pierden efecto”, explica María Fernández, del equipo de Clínica Neleva. Dormir es “nuestra forma de repararnos”.
Como informa, el sueño trabaja por fases que “se distribuyen de forma desigual a lo largo de la noche”.
Así, indica, “en la primera mitad predomina el sueño profundo en el que se libera el pico de hormona de crecimiento —clave en la reparación de tejidos— y se intensifica el sistema glinfático, es decir, el sistema de limpieza cerebral que ayuda a retirar residuos como el beta-amiloide, relacionado con el Alzhéimer”.
En la segunda mitad “gana peso el sueño REM, en el que el cerebro consolida la memoria —sobre todo la emocional y la de habilidades aprendidas— y ayuda a procesar y digerir las experiencias del día, lo que contribuye al equilibrio emocional”. Es, además, “una fase clave para la plasticidad cerebral, es decir, la capacidad del cerebro de reorganizarse y adaptarse», indica.
En otras palabras, mientras dormimos el organismo aprovecha para reparar daños acumulados durante el día y preparar al cuerpo para afrontar el siguiente. Cuando este proceso se interrumpe de forma habitual, sus efectos empiezan a reflejarse mucho antes de lo que imaginamos.
Dormir poco acelera el envejecimiento
Dormir mal de forma puntual puede traducirse a corto plazo en cansancio o falta de concentración al día siguiente, pero cuando el déficit de sueño se mantiene en el tiempo, las consecuencias van mucho más allá y afectan a algunos de los mecanismos directamente relacionados con el envejecimiento.
«Cuando el déficit de sueño se cronifica, se compromete justo lo que el sueño debía resolver: con menos sueño profundo y REM, el cerebro tiene menos oportunidad de retirar residuos y la memoria se consolida peor. En paralelo, el cuerpo entra en un estado de peor control del azúcar, más cortisol (la hormona del estrés), defensas debilitadas e inflamación crónica de bajo grado, que es uno de los grandes motores del envejecimiento biológico», señala Fernández.
A esto se le suma otro aspecto que muchas personas desconocen: “Entrenar más o cuidar la alimentación no consigue compensar por completo los efectos de dormir poco”. La falta de descanso “dificulta la recuperación muscular, aumenta el riesgo de lesiones y altera funciones tan importantes como la coordinación o los reflejos”, concluye.
Fuente: Cuidateplus